El tuyo.
El de las promesas.
El que me diste cuando septiembre despedía un invierno igual a tantos, aburridos y monótonos en mi soledad.
Un mundo de palabras que no dije nunca y que se hicieron risas y canciones en mi amargura legendaria.
Amarte y amar sin darnos cuenta, sin habernos puesto de acuerdo ni siquiera un rato antes.
Y besarte como no he besado a nadie porque creo que siempre deje que me besaran.
Desear "estar hermosa" para que me lo dijeras y pensar luego cómo hacer mañana para que lo repitas.
Extrañarte y apurar la hora con una fuerza que moviera las agujas de todos los relojes para que ninguna atrasase y no llegaras tarde.
Elevar las letras de tu nombre y darle a cada una canción de Navidad.
Y tenerte en mi sangre como un sol que corre por un desierto en busca del agua para su sed.
¡Un mundo!
El de hace apenas tres meses como una naturaleza andariega.
El de las lagrimas y el de las peleas.
El de la reconciliación que nunca estuvo ausente.
Juntos en el viaje del hallazgo maduro, intenso, y al final, doloroso, pero hallazgo profundo en la hondura del corazón.
¡Un mundo!
El tuyo.
El que me diste con un olvido imperdonable:
¡¡no me dijiste que era de cristal!!!